La selección mayor femenina de Costa Rica sumó una victoria cómoda frente a Islas Caimán, en un partido que dejó más preguntas que certezas. El marcador, abultado de 21 goles a 0 sin mayores sobresaltos, refleja una superioridad esperada ante un rival de limitada trayectoria internacional, pero también vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: cuando el nivel sube, el rendimiento nacional no acompaña.
Desde el arranque, el equipo dirigido por el cuerpo técnico tricolor impuso condiciones sin resistencia. La posesión, las llegadas constantes y la efectividad frente al arco rival marcaron la tónica de un encuentro que, en términos competitivos, tuvo poca exigencia real. Islas Caimán ofreció escasa oposición, permitiendo que Costa Rica manejara el ritmo del juego a su antojo.
Sin embargo, más allá del resultado, el análisis profundo apunta a un patrón que se repite tanto en la rama femenina como en la masculina: los triunfos ante selecciones de bajo perfil contrastan con las dificultades evidentes cuando se enfrentan a potencias o equipos de mayor jerarquía. En esos escenarios, la intensidad, la precisión y la capacidad de respuesta suelen quedarse cortas.
El resultado, aunque positivo en la estadística, luce insuficiente como parámetro para medir el verdadero nivel competitivo del equipo. Ganar era una obligación, no una sorpresa. Y hacerlo con holgura, más que mérito, era lo mínimo esperado.
Ahora, el verdadero reto para la selección femenina de Costa Rica será trasladar esta aparente solvencia a partidos donde el margen de error es mínimo y el rival sí exige. Porque en el fútbol internacional, las goleadas cómodas sirven poco si no se traducen en crecimiento cuando realmente importa.
✍️ Paz Hernández
